jueves, 6 de junio de 2013

Generación Z.y.x


Hace muchos años, cuando estudiaba en la Universidad, Douglas Coupland publicó un libro que fue emblemático entre los que éramos jóvenes en aquella época: Generación X. En este libro, prácticamente olvidado ahora, Coupland afirmaba que lo que caracterizó a los chicos de ese momento —a diferencia de nuestros padres que habían sido muchachos en la década de los setenta— era una gran apatía por todo lo que tuviera que ver con la política, un enorme desencanto por las promesas no cumplidas (pues la idea con que nos forjaron nuestros padres: estudia para que tengas un mejor futuro, se había diluido porque o no encontrábamos trabajo o los salarios se habían pauperizado), una fuerte adicción a la televisión y a la tecnología y, en fin, una dispersión de ideas, de gustos, que realzaba nuestra desorientación e incertidumbre.

         Precisamente por lo anterior, nadie en sus cinco sentidos quería ubicarse en dicha generación. Todos, o casi, hubiéramos querido ser los chicos ejemplares y triunfadores que esperaban en casa, pero a nuestro alrededor la situación nos empujaba al lado contrario, incluida nuestra falta de voluntad para luchar contra la adversidad.

         De manera lúdica, Alberto Chimal (Estado de México, 1970) retoma el concepto de Coupland para renombrarlo, Generación Z, bajo dos nociones-apartados, una melancólica y la otra con el espíritu que, podríamos decir, caracterizó aquella generación, el espíritu de los zombis.

         En Melancólica, Alberto nos narra brevemente la historia de la generación de escritores de aquella época. La manera en que, desde afuera, se veía a la generación como sin propuestas literarias, sin poéticas y sin la obra maestra que se esperaba de los jóvenes. A la vez que advierte que esta noción es falsa, revela algo que ciertamente estaba en el espíritu de aquellos que escribíamos en ese momento: el tiempo, la memoria y la experimentación.

         Las narraciones estrambóticas, sórdidas algunas de ellas, la excesiva contemplación de muchos de los narradores en cuentos en que no pasaba nada, los paisajes urbanos, contemporáneos, en relatos que se apartaban de la función social de la literatura, y personajes desalentados o que develaban un mundo absurdo. La escritura había sido para algunos de nosotros la única isla en la que todavía podíamos habitar, jugar, escondernos, soportar el presente.

         Aunado a esto, al parecer (pensé que sólo había sido mi caso), la difusión de los escritores en ese momento era tan mala y los apoyos tan escasos que muchos nos apartamos del medio literario por años. Algunos dejaron de escribir. Otros hicimos más grande nuestra isla.

         En Zombi, Alberto dice:

Ahora da la impresión de que ocurrió de la noche a la mañana: el grupo del tiempo y la memoria, que no había terminado de destacarse ni ofrecido una obra maestra, dejó de representar una tendencia mayoritaria porque la mayoría de sus autores, nada más porque sí dejó de escribir. Ésta, y no las que le han colgado luego, es la derrota de la narrativa de mi generación: todas se desgastan, por supuesto, y en ese desgaste todas demuestran la necesidad de la persistencia (la verdad de la imagen de la escritura literaria como una carrera de resistencia), pero lo sucedido fue el equivalente de una extinción en masa: probablemente el fin de miles de carreras y proyectos. ¿Qué produjo el desencanto de tantas personas?

         No. No ocurrió de la noche a la mañana. Intentaré contestar esta pregunta de Alberto desde mi experiencia, aunque sea parcial:

Algunos de nosotros no podíamos contemplarnos como la generación a la que hace referencia Coupland porque no estábamos desencantados de la vida (aún) y no éramos políticamente apáticos. Todavía creíamos en la izquierda e intentábamos tener una participación política a través de las ideas. Durante ese tiempo de marchas, reuniones, plática con la gente, escritura, la izquierda sumaba en preferencia electoral menos del 10%. Entonces, sólo entonces, fue cuando la izquierda traicionó a la izquierda. Empezó a tener presencia en la gente con demagogia y activismo barato para luego encumbrarse en el poder y repetir los vicios que tanto había criticado. Para mí fue el inicio de la ruptura, el desencanto de la política y el fin de la izquierda.

Por otro lado, entre los escritores en que me encontraba, menos conocidos en ese momento que los que menciona Chimal, había una fuerte necesidad de escribir, pero no siempre sabíamos cómo hacerlo, los apoyos para desarrollar nuestra escritura provenían solamente de nosotros y el medio literario, muchas veces portando dos caras, una de falso apoyo y la otra de mezquindad, terminaron por enterrar los sueños de muchos de nosotros.

Tal vez por eso considero un acierto la denominación que le ha dado Alberto a la generación: Z, zombi, porque, como dice, muchos tuvimos que matar al escritor que éramos entonces, y luego de un período necesario de silencio, volver con otra voz, más desencanto, pero desde la vitalidad del que ha resistido su propia tumba.



2 comentarios:

  1. Qué buen artículo.
    ¡Basta de silencio! a escribir generación Z ya que solo la letra salva.

    Icela

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    1. Cuando uno deja de creer en uno mismo, entonces llega la muerte. De acuerdo, Icela, hay que escribir y, afortunadamente, ahora contamos con medios como éste para expresarnos. Te paso un link, en donde Gabriel Said expone la necesidad de la cultura libre, a diferencia de la estatal (que es siempre dirigida y controlada), que publicó hoy en el periódico reforma (es un apartado de su libro Dinero en la cultura) y que Letras libres publicó el mes pasado: http://www.letraslibres.com/revista/dossier/instituciones-de-la-cultura-libre

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