Descubriendo a los poetas ensayistas mexicanos
He descubierto con gran placer
en mis últimas lecturas, para una clase que estoy preparando de taller de ensayo,
que el ensayo mexicano es de una riqueza literaria enorme, que afortunadamente
para nosotros el ensayo no se acabó con Alfonso Reyes ni Octavio Paz, aunque
muchos maestros se dediquen para enseñarlo exclusivamente a ellos o al ensayo
inglés, que es magnífico y hay que leerlo, pero que al dedicarnos sólo a ellos
estamos dejando de lado voces literarias, divagadoras y reflexivas tan
interesantes como las de Ramón López Velarde, Martín Luis Guzmán o Amado Nervo,
a quienes se conoce a través de otros géneros literarios.
El ensayo se establece como género de la mano de Miguel de
Montaigne, un pensador francés cuya interesante vida, como proyecto educativo del
padre, valdría la pena que fuera analizada por los pedagogos. Sin embargo, como
dice Francis Bacon, el ensayo, como palabra, es nueva, pero la cosa es vieja.
Allí están las cartas a Lucilio de Séneca y de Plinio o Cicerón, muchas veces
verdaderos ejemplos de la meditación y la crítica; e incluso entre los griegos,
si lo reflexionamos a detalle podríamos incluir a varios que sin saberlo
estaban ejerciendo este género, como Gorgias o el mismo Platón.
Un ejemplo de estos interesantes ensayos (actuales) que
hacen los escritores mexicanos lo comenté brevemente la semana pasada con el
libro La Generación Z y otros ensayos, de Alberto Chimal, editado por
Conaculta para la colección El Centauro.
La titánica labor de recopilación y selección de ensayos que
llevó a cabo José Luis Martínez y que publicó el Fondo de Cultura Económica bajo
el nombre El ensayo mexicano moderno es,
además de loable, para el lector un verdadero deleite. Cada ensayista es un
tipo de ensayo, suele decirse, porque cada ensayista tiene estilos reflexivos y
literarios propios y de esa manera el ensayo, bajo los ojos de cada escritor,
adquiere su propia tesitura. Así que definirlo de manera sistemática e
inmovible no sería complicado, sino una falsedad.
En esta recopilación, contrario a lo que pudiera pensarse
porque los ensayistas tienden a elaborar una prosa directa, clara, sencilla y
poco cercana a la poesía, los textos que más he disfrutado hasta el momento son
los que escribieron aquellos a quienes se les conoce más por ser poetas. Tal
vez porque juegan con los sentidos y con las palabras dentro de su ensayística.
Uno de ellos es Ramón López Velarde, poeta de la patria para muchos por su poco
leído y muy mencionado poema Suave patria.
En sus ensayos, Ramón López Velarde no se constriñe en su
prosa, sino que las imágenes poéticas abundan, las sensaciones, como ocurre en
los poemas, se disparan en el lector y las sugerencias de lo dicho con lo no
dicho son lapidarias unas veces, magistrales otras.
Precisamente uno de sus ensayos, titulado “Obra maestra”, es
el que quiero compartir con ustedes esta semana, y dejar que sea López Velarde
el que sugiera, lo que tenga que sugerir, a los lectores.
OBRA
MAESTRA
Ramón
López Velarde
El tigre medirá un metro. Su
jaula tendrá más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío
errante sobre sí mismo, define el signo del infinito con tal maquinal
fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un
solo sitio.
El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la
soledad. No retrocede ni avanza.
Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta
porque sus responsabilidades son eternas.
Con un hijo, yo perdería la paz para siempre. No es que yo
quiera dirimir esta cuestión con orgullos o necias pretensiones. ¿Quién
enmendará la plana de la fecundidad? Al tomar el lápiz me ha hecho temblar el
riesgo del sacrilegio, por más que mis conclusiones se derivan, precisamente, de
lo que en mí pueda haber de clemencia, de justicia, de vocación al ideal y
hasta de cobardía.
Espero que mi humildad no sea ficticia, como no lo es mi
miedo al dar a la vida un solo calificativo: el de formidable.
En acatamiento a la bondad que lucha con el mal, quisiera
ponerme de rodillas para seguir trazando estos renglones temerarios. Dentro de
mi temperamento, echar a rodar nuevos corazones sólo se concibe por una fe
continua y sin sombras o por un amor extremo.
Somos reyes, porque con las tijeras previas de la noble
sinceridad podemos salvar de la pesadilla terrestre a los millones de hombres
que cuelgan de un beso. La ley de la vida diaria parece ley de mendicidad y de
asfixia; pero el albedrío de negar la vida es casi divino.
Quizá mientras me recreo con tamaña potestad, reflexiona en
mí la mujer destinada a darme el hijo que valga más que yo. A las señoritas les
es concedido de lo Alto repetir, sin irreverencia, las palabras de la Señora Única:
“He aquí la esclava…” Y mi voluntad, en definitiva, capitula a un golpe de
pestaña.
Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe en la
gloria trascendental de que ni sus hombros ni su frente se agobian con las
pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior
a los vertebrados, en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive
dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de
rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el
hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.
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