Sobre la muerte y la escritura
Para
don Rubén Bonifaz Nuño
Cuando alguien muere parte de nosotros también se
muere, me dijo un día mi hijo después de enterrar a su abuelita Rosario. Por
desgracia, de la tía abuela Rosario, mujer crítica y lúcida, no quedará
constancia después de muertos nosotros. Su obra se encuentra en los borrados pasos
que dejó en la villa de Cadereyta, Querétaro, y en la pasión por la lectura que
alimentó en mi esposo. No escribió libros, aunque todos los días, como un rito
secreto, escribía en una tablilla de madera que luego lavaba con una fibra
enjabonada. ¿Por qué hacía esto y qué escribía allí? Nadie lo sabrá, se ha ido
con el silencio sepulcral que la contiene.
Afortunadamente
en el caso de los escritores sus palabras siguen vivas. Cada vez que leemos a
alguien ya fallecido, sobre todo en la lengua en que escribió, es semejante a
como si lo escucháramos otra vez y repasara con voz propia lo que ha escrito.
Algo extraño sucede con el sonido en la escritura. Algo tan extraño que me parece
estar escuchando a don Rubén Bonifaz cuando releo Fuego de Pobres:
Nadie
sale. Parece
que
llueve en México, lo único
posible
es encerrarse
desajustadamente
en guerra mínima,
a
pensar los ochenta minutos de la hora
en que
es hora de lágrimas.
En que
es el tiempo de ponerse,
encenizado
de colillas fúnebres,
a
velar con cerillos
algún
recuerdo ya cadáver;
tiempo
de aclimatarse al ejercicio
de
perder las mañanas
por no
saber qué hacer con las tardes.
Esta
voz, este sonido repasado muchas veces por el propio escritor hasta dejar la
marca de su intención poética se vuelve un murmullo permanente de su presencia,
se actualiza otra vez su paso por el mundo mientras habite sobre la tierra
alguien que lo lea y se encuentre contenido en esas palabras.
Es
la guerra mínima contra la muerte que el hombre encuentra para hacer frente a
una batalla perdida, perdurar con el lenguaje al ser evocado, sentido y descubierto
en unas palabras que reúnen en un instante a lector y escritor en empatía de letras,
palabras, sentidos, sonidos. Por eso Sor Juana Inés de la Cruz no ha muerto y
tampoco morirá Rubén Bonifaz Nuño, porque sus legados y sus voces trascienden
su existencia material. Sus pasos pueden ser perseguidos y lo serán durante
varios siglos mientras sus nombres sean sinónimos de humanidad.
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