Repliegue de alas: la narrativa de Bolaño en Amberes
Alguna vez le preguntaron a
Roberto Bolaño cuál era el libro que había escrito que más le gustaba, él, con el
sereno sarcasmo que lo caracterizaba, contestó: “Amberes, porque nadie lo entiende”. Desde la dedicatoria podemos
observar el cariño que Bolaño le profesaba a esta obra: “Para Alexandra Bolaño
y Lautaro Bolaño”, sus hijos. Tal vez a
ellos les dejó el código con que descifrar esta novela, aunque me parece
difícil pensar que todos los signos con los que está escrita tengan un
correspondiente de significado al interior del texto, sobre todo por lo que nos
dice al principio: “anarquía total”.
A la manera de Joyce y de Baudelaire, con anarquía total Bolaño intentó establecer una nueva narrativa. Se podría
afirmar que Amberes es una novela
policiaca, pero cuyas estrategias literarias son más cercanas a la poesía que a
la narrativa. La sinopsis de la novela, el mismo Bolaño la refiere en el
capítulo 20. Sinopsis. El viento.
Sinopsis. El jorobadito en el
bosque al lado del camping y las pistas de tenis y el picadero. Agoniza en
Barcelona un sudamericano en un dormitorio que apesta. Redes policiales. Tiras
que follan con muchachas sin nombre. El escritor inglés habla con el jorobadito
en el bosque. Agonía y un sudamericano canalla viajando. Cinco o seis camareros
regresan al hotel por una playa solitaria. Comienzos del otoño. El viento
levanta arena y los cubre.
De esto trata la obra. Como si estuviera viendo la vida
desordenada de un hombre (tal vez él mismo) en la pantalla de un cine, surgen
imágenes borrosas que se reflejan y refractan para que el narrador las devuelva
con poesía: “Alguien parpadea un dormitorio azul”. Las imágenes se suceden no
siempre de manera entrelazada. Ciertamente, en esta pantalla por la que
observamos la vida de muchos personajes no siempre las frases son coherentes.
Hay
claras influencias de las herramientas literarias usadas por Joyce, Baudelaire
y el surrealismo que retoma Bolaño en Amberes.
La estructura de la novela es semejante al Spleen
de París de Baudelaire, pero a diferencia de éste busca establecer una
prosa poética dentro de una novela policiaca. De ahí que la fragmentación de
los capítulos sea decisiva para el desarrollo de las imágenes. Además, el uso
de la sinestesia, herencia baudelaireana, le otorgan a esta obra una atmósfera
fría (no melancólica). Por momentos, la rueda de imágenes convoca a un ambiente
lóbrego y de mucho desencanto, de frialdad humana, de pérdida de la inocencia.
Hace mucho que el narrador fue feliz, pero lo que ve en pantalla no le remite
en ningún momento esta felicidad perdida.
En
ocasiones, esta prosa poética se desencadena de tal manera que se observa un
intento por emitir frases libres, a la manera del surrealismo, en donde no se establezca
el sentido de ninguna forma. Pero el narrador siempre está pensando y vemos,
como lo hizo Joyce en el Ulises, esos
pensamientos, a veces en forma de breves monólogos interiores, que acompañan su
narración.
Carreteras gemelas tendidas
sobre el atardecer, cuando todo parece indicar que la memoria y la delicadeza
kaputt, como el automóvil alquilado de un turista que penetra sin saberlo en
zonas de guerra y ya no vuelve más, al menos no en automóvil, un hombre que
corre a través de carreteras tendidas sobre una zona que su mente se niega a
aceptar como límite, punto de convergencia (el dragón transparente), y las
noticias dice que Sophie Podolski kaputt en Bélgica, la niña del Montfaucon
Research Center (un olor indigno de una mujer), y los labios exangües dicen «veo camareros de temporada
caminando por una playa desierta a las ocho de la noche»… «Gestos lentos, no sé si reales
o irreales».
Este sinsentido que recorre el texto,
mirado a través de una pantalla de cine, también contiene algo del lenguaje de
un guión cinematográfico, acotaciones insertadas con las que se conducirían
tanto el director como los productores de una película:
La
muchacha estaba atada y el tren en movimiento. Repliegue de alas. Todo es
repliegue de alas y silencio, así en la muchacha gorda que no se atreve a meterse
en la piscina como en el jorobadito. La mano de ella apagó la radio… «He visto
algunos matrimonios felices, el silencio construye una especie de victoria para
dos, vidrios empañados y nombres escritos con el dedo»… «Tal vez fechas y
nombres»… «En el invierno»… Escenas de policías que irrumpen en un edificio
gris, ruido de balas, radios encendidas a todo volumen. Fundido en negro.
Como el mismo narrador lo expresa: no hay reglas, en Amberes,
en Cataluña o en la literatura no hay reglas, y tampoco hay regreso. El mundo pasado
está ya perdido, sólo queda el horizonte manchado por una masa de niebla y
sueño, que viene a que lo vuelvas a escribir, y esta escritura se multiplica de
las maneras más divergentes, extravagantes o estrepitosas, así como el escritor
la desee, pues finalmente él es el dueño de su mundo literario, aunque los
editores no lo comprendan.
Bolaño no intentó publicar esta obra después de escribirla
(tendría veintisiete años) porque comprendía que la rechazarían de inmediato.
Sólo cuando se hizo de un prestigio y contó con un editor casi incondicional se
decidió a presentarla. No estoy segura que el editor la haya comprendido, pero
Bolaño sabía que esta difícil obra sólo podía publicarse cuando el mundo
literario creyera en él, aunque no entendiera nada. Por fortuna, él nunca dejó
de creer en sí mismo ni en la escritura como un arma con la que defenderse, con
la que armarse de coraje para sobrevivir.
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