Qué leer y por qué leer a los modernos
Desde hace un par de décadas
algunos escritores han destacado la importancia de leer a los autores clásicos,
y basan sus argumentos, particularmente, en los libros que sobre el tema escribieron
Italo Calvino y Harold Bloom. En la mente de Bloom, más que en la de Calvino, leer
a un clásico equivale a leer a un autor canónico; es decir, a un autor que por
su estética y por su perduración en el tiempo se vuelve imprescindible en la
historia de la literatura.
Desafortunadamente esta idea de Bloom sobre el arte
literario como un ideal canónico ha repercutido negativamente en algunos lectores
que han dejado de leer a sus contemporáneos a los cuales, sin leerlos, estigmatizan
como nefasta y trivial lectura. “No quiero perder mi tiempo”, he escuchado decir
a lectores ávidos que se refugian en lo canónico desde hace muchos lustros y
dejan pasar a escritores de la talla de Günter Grass, César Aira, José Saramago,
Sergio Pitol e, incluso, a autores tan jóvenes como los que he mencionado últimamente
en este blog.
No obstante, este desprecio por los autores contemporáneos
no es novedoso. Hay muchísimos escritores que, de no haber sido rescatados por
alguien, hubieran quedado en el olvido literario. En ese rubro se encuentran
autores clásicos como Shakespeare (rescatado por los románticos), Kakfa (publicado
después de su muerte por su amigo Max Brod) o el poeta modernista José Asunción
Silva, quien se suicidó a los 31 años sin haber publicado un solo libro y cuyos
poemas, que leía en tertulias y publicaba en periódicos, eran motivo de crítica
corrosiva y mofa en su ciudad, Bogotá.
Me gusta una definición que sobre los libros clásicos propone
Italo Calvino en su obra Por qué leer los
clásicos:
Creo que no necesito
justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad,
de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez un
efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna
pero ya ubicada en una continuidad cultural.
Esta definición que propone Calvino implica varias cláusulas
que el lector establece con un libro para validar o no su lectura:
1.
El
libro debe causar resonancia en el lector. Es probable que un
libro, aunque esté bien escrito, según las normas gramaticales establecidas y
las licencias poéticas que sigue, no cause conmoción en el lector. Esto puede
deberse a diversas razones: la juventud del lector, la inexperiencia del
escritor, la animadversión del ánimo entre el lector y el escritor, la
fantochez del autor que intenta desplegar durante largas páginas la técnica que
ha aprendido tras años de estudio o la propia incapacidad del escritor por
conmoverse con sus escritos, lo que suscita, asimismo, apatía en el lector que lo está leyendo. Conmover es una palabra que coloquialmente se usa como
sinónimo de ternura. Sin embargo, conmover es, en términos del Diccionario de
la RAE, perturbar el ánimo. La perturbación que un libro causa en el lector es
una experiencia indescriptible. Podemos llenar largas páginas intentando
mostrar lo que un libro ha resonado en nuestro ánimo, aunque en realidad
terminemos hablando de la técnica, de la intención del escritor al escribirlo,
de la semilla autobiográfica, pero esa inquietud que un libro deja en el ánimo es inexpresable.
Algo en nuestra sensibilidad se mueve para alterarnos, emocionarnos, meditar
sobre lo que el libro ha provocado en nosotros o para volver a sentir el placer
de leerlo; como una epifanía que se descubre en nuestro interior y que sobrepasa
al libro. Esa huella hace que volvamos a leerlo y que en las nuevas lecturas
descubramos nuevos libros dentro del mismo. En mi lánguida memoria, el autor que
encabeza esta resonancia es Faulkner, siempre es Faulkner, y vuelvo a sentir la
necesidad de leerlo para intentar explicarme por qué me causa tal impacto. Y aunque
sea inexpresable como he mencionado, considero que esta es la firmeza que debe
tomar el pulso del escritor.
2.
La lectura es una continuidad cultural. Los
libros son herederos de una larga tradición literaria y de una época y
circunstancias políticas, sociales, económicas, culturales y literarias
determinadas. Así, una obra debe ubicarse dentro de sus contextos literarios e
históricos. El aporte del estilo del escritor lo pondrá en algún eslabón de esa
continuidad cultural a la que hace referencia Calvino. Esta postura crítica se
aleja del conformismo literario o, en términos llanos, del puro remedo de las técnicas,
de temas o argumentos, en el caso de la literatura. Un libro ubicado en esta
continuidad cultural ha de aportar una mirada intrínseca del autor, porque ese
libro nos proporciona el movimiento de una época literaria a
otra.
3.
La
autoridad de un libro está en relación con la repercusión que en el lector
tenga la obra. He descubierto con pesadumbre que algunas
editoriales publican a autores contemporáneos que ya son una referencia en el
ámbito literario sin importar si sus obras están bien o mal escritas (o si tienen alguna
resonancia en el lector). Esto es lo que comúnmente se llama una autoridad
literaria. Pero la única autoridad legítima, desde mi punto de vista, es la que
un lector puede hallar en un libro: la resonancia, la conmoción. La gran
cantidad de libros que actualmente se publican no establecen por sí mismos la calidad
literaria de la época. La epifanía interior, llamemos así a la resonancia, es
lo que a un libro le proporciona autoridad frente al lector. Es decir, la
autoridad no debería destacarse en lo que un escritor vende o lleva años
publicando, sino en lo que le aporta al lector con su obra.
4.
El
término clásico es ambiguo. Muchos autores que ahora son clásicos no
lo fueron mientras estaban vivos. Es más, ni siquiera vendieron su obra o fueron
publicados. Algunos estuvieron muertos literariamente, como Mariano Azuela, por
muchos años hasta que algún lector con la sensibilidad necesaria para
establecer un diálogo con sus libros lo rescata, lo analiza y expone las
razones por las que debe ser leído nuevamente. Me pregunto: si ese alguien no lo
hubiera rescatado, ¿sería clásico? ¿Su obra perdería calidad literaria? ¿Aquel
que lo rescata expone que es un clásico o comunica en realidad por qué debe
leerse?
5.
Un
clásico es siempre “tu clásico”. Con los años he descubierto que la riqueza literaria que poseemos en este
siglo XXI es enorme. Hay tanta buena literatura, antigua o moderna, que es
imposible leerla toda o hablar de toda ella. No obstante, hay críticos que se
empeñan en canonizar la literatura. Está bien. El fin de estos cánones es ser una clasificación que pueda ayudar a comprender épocas y circunstancias
históricas y literarias. Pero no es la única mirada que debe prevalecer para un
lector. Tras la lectura aquella repercusión de la que habla Calvino, sin
importar si el autor está en el canon, es lo que determinará que volvamos a
leerlo y que, sin duda, para nosotros, al margen de los críticos, ese libro tenga
un lugar particular en nuestra biblioteca. Los críticos pueden alabar o denostar
a los autores que quieran, decir que tal autor es clásico y que tal otro debería
perderse en la ignominia, pero esa es su subjetiva versión de la literatura.
¿Qué tan válida es esta versión para un lector al que cierta obra ha conmovido al grado de amar
ese libro?
Por lo anterior, no estoy de acuerdo con la
postura de leer solamente a los autores clásicos, en la noción de canónicos. Creo
que los escritores modernos (no sólo los que figuran como autoridades
literarias) también han hecho su tarea y han leído a los “clásicos”, han
estudiado las formas, han pensado en qué y por qué desean comunicar literariamente
algo al lector. Leer a los modernos también es leernos a nosotros: costumbres, errores,
ilusiones, fatigas, desencanto e inocencia humana que en la actualidad nos caracterizan. Es
decir, leer al hombre, en su tiempo y su circunstancia. No obstante, ¿debemos leer
a todos los modernos? De eso tampoco se trata, sino, a la manera de Sherlock Holmes,
ser lectores que indagan, examinan o critican a los autores que intentan
establecer un diálogo con el lector a través de su literatura, y observar si lo consiguen.
Tu artículo me reta y me consuela. Me reta a leer mucho más pero me consuela saber que hay demasiados libros aún para una incansable lectora como tú.
ResponderEliminarIcela
Hasta hoy descubrí que mis comentarios nunca han pasado porque no tengo cuenta en Google. Abrí la pestaña de Comentar como: y seleccioné anónimo y listo, ahora sí que aparece. Lo aclaro por si alguien te lee y tiene el problema que yo tenía.
ResponderEliminarMuchas gracias, Icela. Cuando era niña uno de mis mayores miedos era pensar que la gente ya no quería escribir literatura, que había decidido olvidarse de su imaginación y vivir de manera práctica según se le presentaran las circunstancias. Tal vez llegué a pensar esto porque el libro más joven que habitaba en casa era de la década del cincuenta. Así que hay que aprovechar a los escritores modernos, que con mucho trabajo y adversidades deciden dedicarse a la literatura, aunque claro que no podemos leer todo lo que quisiéramos desafortunadamente. Saludos
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