De la lectura/Parte 2
Se
tiene un artista cuando uno es instruido.
Edda Bresciani
Es difícil para nosotros,
“primitivos de una nueva era”[1],
mirar a las sociedades antiguas en su complejo entramado social, cultural,
económico, político y tradicional, porque intentamos encasillarlas a lo que
nosotros creemos que vivieron. Nuestra mirada siempre será fragmentaria e
incompleta. Sin embargo, es innegable que son sociedades menos primitivas de lo
que pensamos, más cercanas a nosotros tal vez.
Antes
de Grecia, en Egipto la literatura tenía fines prácticos claros: educar en
Egipto, según los vestigios más antiguos que actualmente se tienen descifrados,
significaba transmitir el arte de la palabra; enseñar una sabiduría
ético-conductiva para un hijo (que puede tener una significación literal:
padre-hijo; o simbólica: maestro-discípulo), para la formación de la vida
política y el ejercicio del poder, en el caso de los nobles; o en la necesaria
continuidad de la transmisión educativa de generación en generación, cuando se
trata de otros oficios como el de escriba.
De esta
manera, las fábulas egipcias están cargadas de enseñanzas morales con el fin de
que el alumno se corrija tras repetir constantemente, como en otras culturas,
los textos y reflexionar lo que le acontece en relación con lo aprendido. Así,
uno de los escritos más antiguos que se han encontrado, la Enseñanza de Ptahhotep, es una moraleja novelada del visir del rey
Isesi de la 4ª. Dinastía (ca. 2450 a.C.), que dice: Ptahhotep se siente viejo, tiene
ciento diez años, y luego de describir con sarcasmo los males de la vejez (la
vejez es una condición naturalmente dañina al hombre), se dirige al faraón para
pedirle, según la etiqueta cortesana, que le ordene hablar para dejarle una
enseñanza a su hijo. “Ah”, contesta al faraón para agradecer el favor
concedido, “¡que pueda hacerse a semejanza tuya y se aleje de las
preocupaciones del pueblo!”. Es claro el sentido dolorosamente irónico de la
moraleja de Pathhotep, quien junto con Kaghemni y Hergedef son los iniciadores
de la tradición literaria más antigua en Egipto que se ha descubierto. El
aprendizaje nacido con sus textos llevará a la institucionalización de la
escuela, donde se repetirán con el fin de memorizarlos y transmitirlos de
padres a hijos (en el sentido comentado en el párrafo anterior).
Después
de muchos siglos y varias dinastías el amor por los libros alcanza a las distintas
esferas sociales, pues en su lectura, y más específicamente en el oficio de
escriba, se veía la posibilidad de una movilidad social, casi inexistente en
Egipto porque el oficio también se transmitía de padres a hijos. En este
momento ya no es sabio aquel que tenga experiencia o inteligencia, sino aquel
que conoce la tradición de los libros, lo que le ha permitido obtener cultura y
poseer la sabiduría arcaica. Así, el aprecio por las bibliotecas o “casas de
los escritos” va en aumento: “Proporcióname una barca que me transporte a mí, a
mis hijos y mis libros”, fue la respuesta que el sabio Gedi le dio a Hergedef
cuando éste lo invitó al palacio del faraón (en el papiro Westcar, reino medio: 11ª. y 12ª. Dinastía, 2040-1786 a. C.).
Mientras
esto acontece en Egipto, en Mesopotamia la tradición literaria es tal vez más
antigua. Se tiene noticia de composiciones literarias fechadas alrededor del
2400 a.C., como las fábulas, que son usadas en la enseñanza escolar y en las
que aparecen zorros astutos, perros desgraciados o elefantes presuntuosos. La
escuela más antigua que conocemos es la que
se encontró en el yacimiento de Mari, una de las ciudades más célebres en el
año 3000 a. C. Hacia el segundo milenio antes de nuestra era la lengua sumeria
cae en desuso y sólo se emplea como lengua culta, siendo el acadio la lengua de
la vida cotidiana. Ambas lenguas, no obstante, serán usadas en las escuelas y
en los textos literarios, como se observa en las tablillas bilingües desenterradas
en Akkad. También hay referencias que indican la importancia de la literatura sumeria,
y de la cual sobreviven cinco poemas sobre el mítico héroe Gilgamesh, fundador
de la ciudad de Uruk, fechados hacia el 2100 a.C.: “Gilgamesh y Aga”, “Gilgamesh
y Huwawa”, “Gilgamesh y el toro celeste”, “Gilgamesh y el infierno” y “La
muerte de Gilgamesh”. Estos poemas independientes y redactados en forma
repetitiva son los antecedentes de la epopeya acadia Gilgamesh, encontrada en
las ruinas de la biblioteca del palacio del rey Arsubanipal (668-627 a.C.) en
Nínive, escrita en once tablillas de arcilla con escritura cuneiforme y que es
copia de la “Versión Paleobabilónica” que data del 1700 a.C. Gilgamesh es un
relato sobre la amistad, la muerte del ser amado, la búsqueda de la
inmortalidad y cuyo desenlace es trágicamente epifánico: el ser humano nunca
podrá escapar de la muerte.
La
enseñanza escolar de estos textos supone una idea formativa del hombre. Ciertamente hay un placer que se encuentra en la lectura y así lo
demuestran las miles de tablillas y papiros encontrados en las bibliotecas
fortuitamente descubiertas por los arqueólogos y de las que los antiguos
hombres se sentían orgullosos. Pero la educación basada en los textos
literarios que las antiguas civilizaciones transmitían de generación en
generación es el fruto de reflexiones sobre el papel educativo de la literatura. Allí, en la literatura, se encuentran la
Historia de un pueblo, su lengua, las dudas, los miedos, el dolor, la alegría, las contradicciones que han vivido en todos los seres humanos.
[1] Comentario de Federico Campbell en una
entrevista transmitida en TV UNAM. Documental: Federico Campbell. Memoria olvidada. México, 2010.
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