SER PARTE DE EL COMITÉ 1973
Formar
parte de El Comité 1973, primero como
colaboradora y después como editora de esta revista, ha sido para mí, antes que
nada, una aventura, y luego una especie de posgrado en el arte literario y en
la edición de revistas.
Una aventura porque se necesita ser un
aventurero (un bohemio, un viajero de ideas, alguien osado, rebelde y, por
supuesto, alguien loco) para integrarse a un proyecto que defiende la creación
artística en un país con millones de personas que tienen a la televisión como
modelo de comportamiento y que, aunque en el fondo tal vez quisieran, no leen
porque se les hace aburrido, pese a las campañas de lectura que se han
implementado y que no cumplen su función porque siguen tratando a la lectura como
una obligación en vez de un disfrute individual, y que pueda transmitirse, como
se desea, de padres a hijos.
Estar en El
Comité 1973 es, pues, una aventura, y en ésta he conocido otros
aventureros, igual, quiero pensar, de osados, bohemios, viajeros de ideas,
rebeldes y, por supuesto, locos como yo, que se han convertido con el paso del
tiempo en amigos, y con los que he hecho un pacto (silencioso) en el camino del
arte, camino que tratamos de mostrar a través de los distintos números de la
revista que hemos publicado, en los cuales lo políticamente incorrecto, pero
de profunda corrección artística, ha
tomado forma. Me refiero a los números de Censura, Humor negro, Crítica
literaria, El sueño de Wagner, Escribir desde la locura y, claro, el número que
presentamos hoy y que conmemora nuestro V Aniversario: Influencias literarias. De
esta manera, quienes presentamos la revista el día de hoy somos aventureros
porque apostamos por el arte, provenga de donde provenga, sin importar si el autor
es conocido o no, sin importar si lo que hacemos se leerá mucho o poco,
sabiendo que caemos en lo políticamente incorrecto desde nuestro nacimiento, y
es precisamente por ello que tenemos clara nuestra intención de difundir la
creación artística a la que se le cierran otros espacios, tradicionalmente
aceptados dentro del canon de la creación.
En cuanto a que es un
posgrado en el arte literario, sin duda es así, pues la revista me ha obligado
a escribir de manera habitual y permanente todo tipo de textos y temas, no sólo
literarios propiamente, sino también ensayos en los cuales he tomado una
postura acerca de los temas de cada número. Labor nada fácil, que me ha llevado
a revisar con profundidad esos asuntos y a replantearme cuestiones que a lo
mejor vivían como creencias en mí y que terminaron en dudas o en un revés de lo
que creía. Cuántas veces me ha pasado lo que comenta Rosario Castellanos en ese
hermoso ensayo titulado El escritor y su público, donde dice: “escribir es una disposición de la naturaleza a la que se añade un hábito
de la voluntad. Y este hábito es una conquista del trabajo arduo, un resultado
de la paciencia lúcida. Detrás de cada página tersa, de cada texto ordenado,
deleitoso, nítido, se ocultan las infinitas tachaduras, los borrones
inconformes, los cestos llenos de papeles desechados. El aprendizaje consume
tiempo, exige sacrificios y muy frecuentemente rinde fracasos”. Y, sin embargo,
con todo lo que implica, escribir es un acto de amor, un oficio y una epifanía,
elevación del espíritu, como afirma Enrique Vila-Matas, para corregir la vida.
El posgrado en la edición de revistas es quizá el reto más difícil que he tenido. Editar una revista, tomarse la molestia de editar una revista de manera gratuita (contactar autores, revisar que se cumplan los tiempos de entrega, ajustar nuestros tiempos laborales y de vida a los de la revista, dictaminar los textos, proponer temas, delimitarlos, y lograr que cada número salga publicado con calidad) conlleva, creo que para mí y para los que me acompañan en la mesa, una apuesta editorial que tiene su columna en la Misión en la que todos hemos estado de acuerdo: Difundir textos literarios y obras visuales de distintos creadores, con el fin de acrecentar la cultura de las personas alrededor del mundo. Esta es la meta mayúscula que nos hemos propuesto; de ahí que en el fondo volvamos al punto número 1 de esta comunicación: somos unos aventureros, unos bohemios, viajeros de ideas, osados, rebeldes y, por supuesto, unos locos, que no quieren quedarse con los brazos cruzados mientras el país padece lastres tan malignos como la corrupción, acrecentada por la carencia de valores y la ignorancia, la desigualdad, la impunidad, la violencia, la falta de ética… Frente a esto, nosotros, como los aventureros que somos, oponemos el arte que, como diría Wassily Kandinsky, es el alimento del espíritu, alimento que nuestro país necesita con urgencia.
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